Sembrar en tierra seca

16 de septiembre de 2026
Vista del paisaje del arroyo Tabor, con flores silvestres de invierno, en la Baja Galilea, Israel (RnDmS/Shutterstock)

A veces los israelíes se burlan de los estadounidenses por ser demasiado educados. Decimos «por favor» y «gracias» constantemente. Suavizamos las peticiones. Damos rodeos para decir lo que realmente queremos decir porque no queremos ofender a nadie. Como es bien sabido, los israelíes no siempre son tan delicados.

Y, sin embargo, hay otra faceta de la forma de hablar de la gente aquí que me ha acabado encantando. Las conversaciones en Israel pueden estar extraordinariamente llenas de buenos deseos. Mientras escribo esto sentado en una cafetería, puedo oír fragmentos de llamadas de teléfono a mi alrededor. Hombres que parecen estar hablando de reparaciones de fontanería, entregas o negocios se desean mutuamente salud, un buen año y solo cosas buenas. Alguien puede pasarse cinco minutos discutiendo por un precio y luego terminar diciendo: «Que solo te lleguen buenas noticias. Vale, nos vemos a las cuatro para arreglar el retrete». Tiene un toque tan florido que todavía me llama la atención a mí, que soy estadounidense.

La profe de mi hijo de cuarto de primaria nos mandó un mensaje así a los padres después de conocernos al principio del curso. Nos escribió lo contenta que estaba de conocer por fin a los «árboles» que están detrás de los «frutos» de su clase. Nosotros, los padres, éramos los árboles. Nuestros hijos eran los frutos a los que ella ya había empezado a conocer. Los describió como dulces, bien cuidados y a los que dedicaba mucho cariño, y escribió que, con la ayuda de Dios, seguiríamos viéndolos crecer y florecer.

Entonces, entre recordatorios sobre el material escolar que faltaba, formularios firmados, declaraciones de salud y la advertencia muy seria de que no mandaras cacahuetes al colegio, citó los Salmos:

Me sé muy bien este versículo. Forma parte del Salmo 126, Shir Hama’alot, que cantamos antes del Birkat Hamazon en Shabat y en las fiestas. El Birkat Hamazon es la serie de bendiciones que se recitan tradicionalmente después de comer una comida que incluya pan. Probablemente lo he cantado cientos, quizá miles, de veces. Además, siempre lo había entendido de una forma bastante sencilla. Trabajas duro. A veces, criar a los hijos es difícil. A veces, enseñar es difícil. Te esfuerzas, luchas y, al final, llegas a ver los frutos de ese esfuerzo. Es una idea preciosa.

Pero cuando me fijé más detenidamente en los comentarios tradicionales, encontré algo menos sentimental y, para mí, mucho más interesante. Radak relaciona el versículo con la línea que lo precede: «Devuélvenos la prosperidad, oh Dios, como los arroyos del Negev». La imagen es la de un labrador de pie en tierra seca con semillas en las manos. La semilla en sí misma es valiosa. Podría quedársela. Podría comérsela. En cambio, planta algo precioso en tierra seca sin saber si lloverá.

Ahí está el motivo de las lágrimas. No es solo porque el campo sea duro. Tampoco porque la lucha sea algo noble. Está renunciando a algo valioso y poniéndolo en manos de circunstancias que no puede controlar.

Esa imagen refleja muy bien lo que significa ser padre o madre. Les dedicamos muchísimo a nuestros hijos: nuestro tiempo, nuestros valores, nuestras expectativas, nuestros errores, nuestras oraciones. Los dejamos en manos de los profesores. Los dejamos que hagan amigos. Intentamos enseñarles cómo comportarse cuando no estamos ahí para corregirlos. Y, en algún momento, nos damos cuenta de que invertir en ellos no es lo mismo que controlarlos. El agricultor puede sembrar con cuidado, pero no puede mandar a la lluvia.

Hay otra razón por la que esta interpretación me parece especialmente acertada. El Salmo 126 no trata principalmente sobre la crianza de los hijos ni sobre la educación. Es un salmo sobre el regreso a Sión. Empieza así: «Cuando Dios restauró la suerte de Sión, éramos como quienes sueñan». Y luego, solo unos versículos más adelante: «Devuélvenos la suerte, oh Dios». Ya hemos vuelto. Por favor, llévanos de vuelta. Ambas afirmaciones aparecen en el mismo salmo.

Eso le suena familiar a cualquiera que viva en Israel. Hay momentos en los que soy muy consciente de que mis hijos viven en un entorno que generaciones de judíos solo podían imaginar. Hablan hebreo. Van a colegios judíos en la Tierra de Israel. Su profe puede citar salmos en el grupo de WhatsApp de la clase y dar por hecho que esas palabras encajan perfectamente allí. Al mismo tiempo, cualquiera que viva aquí sabe que llegar no es lo mismo que haberlo conseguido. Sigue habiendo incertidumbre. Sigue habiendo dolor. Sigue habiendo muchas cosas que escapan a nuestro control.

Quizá por eso ahora interpreto este versículo de otra manera. La promesa no es que, si nos esforzamos lo suficiente, todo salga exactamente como esperábamos. Al agricultor no se le da ese tipo de certeza. Se le pide que siembre de todos modos, que coja lo que tiene de más valioso y lo confíe a un futuro que no puede controlar del todo.

Lo cual, ahora que lo pienso, no es una mala descripción de lo que es ser padre. Ni de vivir en Israel. Ni, al parecer, de cuarto de primaria.

Sara Lamm

Sara Lamm is a content editor for TheIsraelBible.com and Israel365 Publications. Originally from Virginia, she moved to Israel with her husband and children in 2021. Sara has a Masters Degree in Education from Bankstreet college and taught preschool for almost a decade before making Aliyah to Israel. Sara is passionate about connecting Bible study with “real life’ and is currently working on a children’s Bible series.

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