Eliya Cohen ya le había comprado a Ziv Abud un anillo de compromiso. Después de años juntos, tenía pensado pedirle que se casara con él en otoño de 2023. Pero el 7 de octubre de 2023, antes de que tuviera oportunidad de hacerlo, todo cambió.
Aquella mañana, Eliya y Ziv estaban en el festival de música Nova junto con el sobrino de Ziv, Amit Ben Avida, y la novia de Amit, Karin Schwarzman. Cuando empezó el ataque terrorista de Hamás, huyeron a un refugio antiaéreo junto a la carretera, cerca del kibutz Re’im, un lugar que más tarde se conocería como el «refugio de la muerte». Los terroristas lanzaron granadas al interior. Aner Shapira, otro joven que se refugiaba allí, las devolvió al exterior una y otra vez. Al final, los terroristas abrieron fuego contra la gente que buscaba refugio dentro. Dieciséis personas que estaban en el refugio fueron asesinadas, entre ellas Amit y Karin. Ziv sobrevivió, escondido bajo los cuerpos de los fallecidos. A Eliya se lo llevaron a la fuerza a Gaza.
Durante los siguientes 505 días, Eliya vivió cautivo por Hamás, aislado de su familia, de Ziv y de casi todo lo que había formado parte de su vida antes del 7 de octubre. Y, sin embargo, allí, en las profundidades del infierno, había un vínculo que no perdió. Cada mañana durante su cautiverio, Eliya se ponía los tefilín. O mejor dicho, se imaginaba que lo hacía.
Los tefilín son uno de los mandamientos más físicos del judaísmo. Son unas pequeñas cajas de cuero negro que contienen pasajes de la Torá, y que los hombres judíos se colocan en el brazo y la cabeza durante las oraciones matutinas de los días laborables. Unas largas correas de cuero los sujetan y se enrollan alrededor del brazo y la mano. El mandamiento viene directamente de la Biblia:
La palabra hebrea «ukshartam», «los atarás», viene de la misma raíz que «kesher», que significa nudo, lazo o conexión. Esa expresión resulta especialmente impactante en la historia de Eliya. En Gaza no tenía tefilín. No tenía libro de oraciones, ni sinagoga, ni una mañana normal. Estaba en un refugio subterráneo, pasando hambre, aislado de sus seres queridos y, durante parte de su cautiverio, encadenado físicamente junto a otros rehenes.
Pero cada mañana, Eliya se quedaba de pie en su rincón y simulaba ponerse los tefilín. Se imaginaba colocándose la caja en el brazo. Se imaginaba envolviéndose las correas. Recitaba las oraciones que recordaba. Luego le hablaba a Dios. «Buenos días, Abba», empezaba, dirigiéndose a Dios con la palabra hebrea que significa «padre». Le daba las gracias a Dios por un día más de vida. Rezaba por su familia. Y rezaba por Ziv. «Si Ziv está viva», decía, «quiero que sepa que la quiero y que debe ser fuerte».
Eliya era un hombre encadenado, pero cada mañana elegía a quién quería estar verdaderamente unido. Sus captores podían controlar adónde iba su cuerpo. Podían encadenarlo. Podían humillarlo, despojarlo de su dignidad, quitarle todos los objetos religiosos que tenía. Pero nunca pudieron romper su kesher. La conexión seguía ahí: con Dios, con su familia, con Ziv y, al final, con los demás judíos que estaban sentados a su lado bajo tierra.
Al principio, Eliya rezaba solo. Luego, uno de los otros rehenes le preguntó si podía unirse a él. «Enséñame cómo se dice», le dijo a Eliya. Al poco tiempo, los cuatro hombres se reunían cada mañana. Imaginaban que se ponían los tefilín que no tenían y rezaban juntos. Eliya recitaba el Shemá en voz alta y los demás respondían. Lo que empezó como un acto privado de conexión de un solo hombre se convirtió en una fuente de fuerza compartida.
Hay otro detalle sobre los tefilín que hace que la historia de Eliya sea aún más extraordinaria. Cuando te enrollas la correa de los tefilín alrededor del dedo, se suele recitar unas palabras del profeta Oseas: «Te desposaré conmigo para siempre». El pasaje continúa así: «Y te desposaré conmigo con rectitud y justicia, con bondad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad».
Las imágenes son inequívocamente matrimoniales. La correa que rodea el dedo evoca un anillo de boda, lo que convierte el acto de ponerse los tefilín en un recordatorio diario del pacto y de la relación. Los tefilín no solo sirven para recordar los mandamientos de Dios. Sirven para unirnos a Él. Y durante 505 días, Eliya imaginó ese vínculo alrededor de su brazo y su mano mientras se preguntaba si la mujer a la que había pensado ponerle un anillo muy diferente seguiría viva.
Así fue. Eliya volvió a Israel en febrero de 2025. Ziv lo estaba esperando. Y esta semana, casi tres años después de aquella mañana que les destrozó la vida, Eliya Cohen por fin le puso el anillo en el dedo a Ziv Aboud.
Incluso la jupá, el dosel nupcial, contaba la historia de todo lo que habían sobrevivido. Eliya y Ziv se colocaron bajo un talit que había pertenecido a Amit, el sobrino de Ziv, que entró en el refugio con ellos el 7 de octubre y nunca volvió a salir. Un talit es, en sí mismo, una prenda con la que uno se envuelve. Un judío se envuelve en él durante la oración. En la boda de Eliya y Ziv, el talit de Amit se convirtió en el manto bajo el cual comenzaron su matrimonio. Su ausencia no se borró. De alguna manera, la llevaron consigo a la vida que estaban construyendo.
Entonces, los amigos de Eliya se reunieron a su alrededor y empezaron a recitar el Shemá. Eran las mismas palabras que Eliya había recitado bajo tierra en Gaza, de pie junto a otros rehenes hambrientos e imaginando los tefilín envueltos alrededor de su brazo. Ahora estaba de pie bajo una jupá, rodeado de amigos, con Ziv a su lado.
Hay muchos tipos de ataduras en este mundo. Algunas nos las imponen. Otras las elegimos nosotros. Durante 505 días, Eliya supo lo que significaba que le arrebataran su libertad. Otros decidían dónde se sentaría, qué comería, si vería la luz del día y cuándo le quitarían las cadenas que le rodeaban el cuerpo. Pero cada mañana, recordaba otro tipo de vínculo: «Los atarás como una señal en tu mano».
Sus captores podían atarle el cuerpo, pero no podían decidir a qué seguirían atados su corazón y su alma. Y quizá por eso la imagen de Eliya poniéndole el anillo a Ziv en el dedo es tan impactante. Después de todo lo que le habían atado en contra de su voluntad, Eliya por fin se situó bajo la jupá y eligió, libremente y con alegría, a qué quería estar atado el resto de su vida: a Ziv, a Dios y a la vida sagrada que ahora construirían juntos.