Cada festividad judía tiene su propio nombre. La Pascua judía es «Z’man Cheruteinu», el Tiempo de Nuestra Libertad, porque celebramos el Éxodo de Egipto. Shavuot es «Z’man Matan Torateinu», el Tiempo de la Entrega de Nuestra Torá, cuando recordamos la revelación en el Monte Sinaí. Pero Sucot tiene un nombre que quizá te sorprenda: Z’man Simchateinu, el Tiempo de Nuestra Alegría.
¿Por qué decimos que Sucot es nuestra fiesta más alegre? El ritual principal de Sucot consiste en dejar nuestras casas cómodas y sólidas para vivir en cabañas temporales llamadas «sucot». Según la tradición judía, estas cabañas nos recuerdan los sencillos refugios que se usaban durante los 40 años en el desierto o las nubes especiales de gloria que protegían al pueblo a lo largo del camino.
Esto hace que Sucot parezca más un motivo para recordar que una pura alegría. ¿Cómo puede darte una alegría tan profunda sentarte en una cabaña frágil bajo el cielo abierto?
Para entender por qué Sucot es la época de la alegría, primero tenemos que preguntarnos qué significa realmente la felicidad. Mucha gente piensa que la felicidad viene de tener cosas; de acumular riqueza, estatus o posesiones materiales. Sin embargo, acumular más cosas rara vez te da una paz mental duradera. Otros ven la felicidad como un estado de ánimo constante en el que todo en la vida va sobre ruedas. Pero la vida, por naturaleza, tiene momentos difíciles, retos y giros inesperados.
La verdadera felicidad no tiene que ver con lo que tenemos ni con llevar una vida sin problemas. Viene de un cambio de perspectiva: darse cuenta de que la seguridad duradera viene de confiar en Dios, en lugar de depender de las riquezas materiales.
Esta idea es precisamente el núcleo del mandamiento de la Torá para esta festividad:
Sucot se celebra durante la cosecha de otoño, que es justo la época del año en la que los agricultores recogen todos sus cultivos, cereales y vino y los guardan en sus almacenes. Al encontrarse en medio de la máxima abundancia fruto de su duro trabajo, es normal que una persona se sienta autosuficiente y atribuya la prosperidad únicamente a su propio esfuerzo.
Justo en este momento de seguridad material, la Torá nos ordena que salgamos de nuestras casas fortificadas y nuestros graneros llenos para sentarnos bajo un sencillo techo de ramas naturales (sechach). Dejar atrás nuestra abundancia material nos obliga a cambiar de perspectiva. El versículo dice que nos alegramos precisamente porque Dios bendice nuestros frutos y nuestro trabajo, lo que nos hace dejar de centrarnos en la cosecha física que tenemos en el granero y fijarnos en la Fuente Divina que hay detrás de ella.
Cuando nos damos cuenta de que la verdadera seguridad depende de la bendición constante de Dios, y no de nuestro control material, la presión y la ansiedad que nos produce confiar solo en nosotros mismos se desvanecen. La alegría verdadera y duradera surge cuando reconocemos que Dios está al mando, protegiéndonos y cuidando de nosotros tanto en los momentos de abundancia como en los de vulnerabilidad física.
La forma en que se construye una sucá nos enseña precisamente esta lección. La parte más importante de la sucá es su techo (sejaj), hecho con plantas naturales o ramas. Hay que colocarlo de manera que dé más sombra que luz solar. Puede parecer raro que el techo de nuestra fiesta más alegre cree sombra en lugar de dejar pasar toda la luz.
Salir de nuestros hogares habituales para sentarnos bajo este techo que nos da sombra nos recuerda de dónde viene la verdadera protección. Las paredes físicas y el éxito económico ayudan, pero no pueden ofrecerte una seguridad total. Sentarnos en la sucá nos muestra que Dios tiene el control y nos protege incluso cuando la vida parece incierta o sombría. Cuando dejamos de lado la necesidad de controlar cada resultado, la presión se desvanece, dejando espacio para la paz de verdad.
Esa es una alegría que podemos llevarnos de la sucá cuando acabe la festividad. La próxima vez que sintamos la presión de acumular más cosas o nos preocupemos por lo que nos deparará el mañana, podemos recordar la semana que pasamos bajo un techo de ramas, con el cielo asomándose por entre ellas, totalmente a salvo.