La porción de la Torá de Emor está repleta de leyes del sacerdocio y las fiestas. Es una porción sobre la santidad en sus formas más elevadas. Y entonces, aparentemente de la nada, la Torá nos presenta a un hombre que maldijo a Dios.
«Salió el hijo de una mujer israelita, que era hijo de un egipcio entre los hijos de Israel, y lucharon en el campamento» (Vaikrá 24:10).
La historia es chocante. ¿Quién es este hombre? ¿Qué hace aquí, en medio de una sección sobre la santidad?
La Torá no nos dice casi nada. Su madre era Shlomit bat Divri, de la tribu de Dan. Su padre era egipcio. ¿Y su nombre? La Torá no lo dice. En un libro que registra meticulosamente los nombres de los jefes tribales, los recuentos de los censos y los linajes sacerdotales, este hombre ni siquiera recibe un nombre.
Según el rabino Moshé Lichtenstein, ése es el principio de su tragedia.
El Midrash completa lo que la Torá omite. Vino a acampar entre la tribu de Dan, la tribu de su madre. Y la tribu de Dan le rechazó.
«¿Qué te importa montar tu tienda en nuestro campamento?», le dijeron. Respondió que era hijo de una mujer de su tribu. Le citaron el versículo de Números -cada hombre bajo la bandera de su padre- y lo mandaron a paseo. Recurrió al tribunal de Moshé. El fallo fue en su contra. Y entonces blasfemó.
El rabino Lichtenstein dibuja el retrato con una claridad inquebrantable: este hombre no tenía identidad social. Ni tribu paterna. Ni nombre. Sin lugar en el campo. La resolución judicial fue correcta: el tribunal resolvió como tenía que resolver. Pero el rabino Lichtenstein plantea la pregunta que atormenta la historia: ¿tenía que acabar así?
«La capacidad de saludar y hablar pacíficamente incluso con un blasfemo, de aceptarlo y contenerlo, podría haberle permitido volver a sentir que había un lugar para él en el plano social dentro de la nación».
Los hombres de Dan no se equivocaron en la ley. Se equivocaron en la persona. Vieron una norma, no un ser humano. Le dieron la respuesta correcta y le despidieron, sin pararse a preguntarle qué necesitaba realmente. Nunca le preguntaron su nombre.
Ésta es precisamente la razón por la que la Torá sitúa esta historia donde lo hace. El rabino Meir Goldwicht enseña que el Levítico está organizado en torno a distintas dimensiones de la santidad: la santidad del hombre (expresada a través de las leyes de pureza e impureza); la santidad del tiempo (el calendario de festividades); la santidad de la tierra (los años sabáticos y jubilares). Cada ámbito tiene sus leyes, sus límites, sus exigencias.
Pero la historia del blasfemo enseña que todas estas formas de santidad descansan sobre un fundamento: la palabra santa.
También por eso, inmediatamente después de la historia del blasfemo, la Torá repasa las leyes de daños: ojo por ojo, vida por vida. Tendemos a pensar en los daños como el dominio del daño físico. Pero la Torá coloca estas leyes aquí deliberadamente. La destrucción que puedes causar con tu boca no es menor que la que puedes hacer con una piedra o una espada. «La muerte y la vida están en manos de la lengua» (Mishlei 18:21). El rey Salomón no está hablando en metáfora. Lo dice literalmente.
Los hombres de Dan mataron a este hombre con sus palabras, y estaban seguros de que sólo citaban la ley.
Siempre habrá personas en nuestras comunidades que no encajen del todo. Que caen entre categorías. Cuyos orígenes son complicados, cuyas identidades no están claras, cuya presencia incomoda a los demás. Puede que la ley no siempre les dé lo que quieren. Pero la ley no dice nada sobre si les saludamos, les incluimos o reconocemos que existen.
El blasfemo es recordado en la Torá por un momento terrible. Pero su historia comienza mucho antes: en el silencio de las personas que respondieron correctamente a su pregunta y ni una sola vez le miraron a los ojos.
El libro del Levítico trata de la construcción de una nación santa. La lección del blasfemo es que no puedes tener una nación santa si tus palabras son armas. No puedes tener santidad en tiempo y lugar mientras destruyes a la persona que tienes delante.
La corona de toda santidad no es el servicio del Templo. Es aprender a hablar -a los poderosos y a los marginales, a los que encajan y a los que no- como si cada palabra importara.
Porque es así.