Tras recibir las leyes de Dios, pero antes de subir a la montaña a por las tablas, Moisés preparó una elaborada ceremonia de alianza. La Torá la describe:
Destacan dos detalles: doce pilares de piedra que representan a las tribus y hombres jóvenes que ofrecen los sacrificios.
El rabino Samson Raphael Hirsch plantea la pregunta obvia: ¿Por qué necesitaba Moisés piedras para representar a las doce tribus cuando las tribus reales estaban allí mismo?
Su respuesta llega al corazón de lo que ocurrió en el Sinaí. Las piedras no representaban a la generación presente en la montaña. Representaban a todas las generaciones futuras. «Las doce tribus estaban realmente presentes, por lo que no había necesidad de representarlas simbólicamente», explica Hirsch. «No eran las doce tribus las que estaban realmente allí en aquel momento, sino todo el futuro Israel, el Israel eterno».
El altar de las doce piedras declaraba que el pacto obligaba no sólo a los que escucharon la voz de Dios aquel día, sino a todas las generaciones que vivirían. Tus tataranietos, aún no nacidos, ya estaban obligados por lo ocurrido en el Sinaí. El pacto trascendió aquel momento y se extendió a lo largo de toda la historia.
Pero la representación por sí sola no garantiza la continuidad. Las piedras simbólicas pueden desmoronarse. La verdadera cuestión es: ¿cómo te aseguras de que las generaciones futuras transmitan realmente lo que se recibió en el Sinaí?
¿Y quiénes eran estos «jóvenes» enviados a ofrecer sacrificios? La mayoría de los comentaristas los identifican con los primogénitos, que realizaban el servicio sacerdotal antes de que ese papel pasara a los levitas tras el Becerro de Oro. Pero Hirsch ve algo más profundo: «Los jóvenes, la juventud, los portadores inmediatos del futuro».
Los jóvenes trajeron las ofrendas porque encarnaban a la próxima generación. No sólo participaban en la ceremonia, sino que eran su propósito. El pacto se daba no sólo para recibirlo, sino para transmitirlo. Los jóvenes del altar representaban a cada generación que recibiría la tradición de la anterior.
Moisés comprendió algo fundamental: la tradición muere cuando la generación mayor la acapara. Sólo sobrevive cuando se capacita a los jóvenes para llevarla adelante. Por eso no asignó los sacrificios a los ancianos ni a los experimentados. Envió a los jóvenes. Puso en sus manos la tarea más sagrada de la ceremonia del pacto.
Éste es el modelo para conservar cualquier tradición que merezca la pena. Si quieres que tus valores te sobrevivan, tienes que hacer algo más que transmitirlos. Tienes que pasar la antorcha. Da a la próxima generación la propiedad, no sólo la instrucción. Deja que sientan el peso de la responsabilidad, la dignidad de que se les confíe algo que importa. Moisés construyó aquellas doce piedras para representar a las generaciones futuras, pero facultó a los jóvenes de su propia generación para que hicieran realidad el pacto. Así es como la tradición se hace eterna.