Todos los viernes por la noche, los padres judíos de todo el mundo ponen las manos sobre la cabeza de sus hijos y recitan tres breves versículos.
Las palabras no han cambiado en tres mil años. Las pronunciaron por primera vez Aarón y sus hijos en el desierto del Sinaí, a una nación de antiguos esclavos que nunca antes se habían sentido bendecidos. Las recitaron los sacerdotes en el Templo de Jerusalén, y se siguen recitando en las sinagogas de todo el mundo durante la repetición de la oración silenciosa de la amidá . Son las palabras del Birkat Kohanim, la bendición sacerdotal.
Este texto es notablemente corto. Tres palabras en la primera línea, cinco en la segunda, siete en la tercera. Los Sabios se dieron cuenta del patrón y vieron en él un mensaje: las bendiciones crecen en longitud porque crecen en profundidad. La primera línea nos bendice con protección material. La segunda pide la gracia y el favor de Dios. Pero la tercera línea es algo totalmente distinto.
«Que Dios te conceda su favor (literalmente, «levante Su rostro») y te otorgue la paz». (Números 6:26)
¿Qué significa que Dios levante Su rostro sobre nosotros?
El rabino Jonathan Sacks cuenta una historia sobre una multitud que está en una colina viendo pasar un gran barco en la distancia. Un muchacho se encuentra entre ellos, saludando frenéticamente. Uno de los hombres se vuelve hacia él y le pregunta por qué se molesta. El barco está lejos. Hay docenas de personas en la colina. «¿Qué te hace pensar que el capitán puede verte?».
«Porque», dice el chico, «el capitán es mi padre. Me buscará entre la multitud».
Eso es lo que significa la tercera bendición. Hay más de ocho mil millones de personas en esta Tierra. ¿Por qué debería importar alguno de nosotros? ¿Qué hace que una sola vida humana sea más que un rostro entre la multitud? La respuesta de la Torá es sencilla, y lo cambia todo: Dios es nuestro Padre. No se limita a observar a la multitud. Nos busca a nosotros.
Por eso, señalaron los Sabios, cada palabra de la bendición sacerdotal está en singular. No «que Dios os bendiga a todos», sino «que Dios os bendiga». No «que Dios proteja a la nación», sino «que Dios os proteja». La bendición no se dirige a un colectivo. Se dirige a cada persona allí presente, un alma cada vez.
Las implicaciones van más allá de lo que podría parecer a primera vista. El rabino Sacks sostiene que la mayor parte de lo que impulsa el conflicto, la ambición y la violencia humanos procede de una única fuente: la necesidad desesperada de demostrar que importamos. Poder, riqueza, dominación, crueldad: gran parte de lo que oscurece la historia humana es el comportamiento de personas que no están seguras de importar a menos que los demás se vean obligados a fijarse en ellas. Haré que me temas. Haré que me necesites. Haré que el mundo reconozca que estoy aquí. Éstas son las estrategias de una persona que no cree que Dios la esté buscando.
La fe cambia por completo el cálculo. Si creo que Dios conoce mi nombre, que me creó con intención, que el alma que me dio es pura, entonces ya no tengo nada que demostrar. No necesito dominar a nadie. No necesito disminuir a nadie. Ya se me ve.
El niño de la colina no necesita que toda la multitud se fije en él. Está saludando a su padre.
Ésa es la paz prometida en la última línea de la bendición. No la paz de los tratados o los alto el fuego o los barrios tranquilos, sino algo más profundo: la quietud interior que proviene de saber que te conocen. Cuando una persona es portadora de ese conocimiento, puede dejar de luchar contra el mundo para obtener reconocimiento. Puede empezar, en cambio, a darlo.