El mes judío de Shvat me parece uno de los más interesantes del año, y hoy es Rosh Jodesh Shvat, el primer día del mes. Shvat llega sin fanfarrias. No hay fiestas importantes, ni rituales dramáticos que preparar con semanas de antelación, ni Shofar, ni servicio de oración diferente, ni restricciones alimentarias. Y, sin embargo, el mes de Shvat no es tan tranquilo como parece.
Al crecer en Estados Unidos, Shvat nunca encajó del todo con mi realidad nororiental. Esta época del año significaba invierno en toda regla. Mis padres acababan de enviarme una foto del lago helado (por el que pudieron pasear) cerca de su casa en Pensilvania. Estaba tan completamente cubierto de nieve que me dio frío con sólo mirarlo. Todo parece helado y quieto. En ese entorno, hablar de árboles que se renuevan parece desconectado de lo que el ojo puede ver.
Sin embargo, al vivir en Israel, Shvat es diferente. Las lluvias ya han caído. El suelo está saturado. Los almendros empiezan a florecer. Tu Bishvat, el decimoquinto día del mes de Shvat, se llama el Año Nuevo de los Árboles, no porque los frutos sean visibles, sino porque el proceso interno ya ha comenzado. Las raíces están activas. El crecimiento está en marcha mucho antes de llegar a la superficie.
Ese contraste plantea una cuestión que va más allá de la agricultura. Si la renovación comienza antes de ser visible, ¿qué significa eso para la lucha humana? ¿Qué significa para las lágrimas?
El Libro de los Salmos ofrece una respuesta tajante:
Este versículo no describe el llanto como un punto final. Describe una acción. Sembrar es un trabajo deliberado. Requiere comprometerse con la tierra tal como es, no como uno desea que sea. El versículo no dice que los que lloran acabarán sintiéndose mejor. Dice que los que siembran mientras lloran cosecharán más tarde.
Las lágrimas están presentes, pero no son lo importante. Lo importante es lo que ocurre junto a ellas.
Esta distinción fue articulada poderosamente por el rabino Dr. Norman Lamm, abuelo de mi marido, y uno de los líderes y pensadores judíos más importantes del siglo XX. Le echamos mucho de menos, por su Torá, por su perspicacia y por su extraordinaria presencia como abuelo.
En un ensayo titulado Tres que lloraron, el rabino Lamm identifica tres tipos diferentes de lágrimas en la Biblia. La madre de Sísara llora porque se niega a enfrentarse a la realidad. Espera a un hijo que nunca volverá. Sus lágrimas preservan la ilusión. Agar llora en el desierto porque cree que la historia ha terminado. Se sienta, se da la vuelta y espera el final. Sus lágrimas expresan resignación.
Las lágrimas de Raquel son diferentes.
Raquel llora por sus hijos y se niega a ser consolada. No niega el exilio. No suaviza la pérdida. Pero también se niega a aceptarla como definitiva. Su llanto no es pasivo. Es una protesta.
La respuesta de Dios a Raquel es reveladora. No dice: «Comprendo tu dolor». Dice: «Hay recompensa para tu trabajo». La Biblia llama trabajo a sus lágrimas porque están ligadas al rechazo, a la responsabilidad y a la insistencia en un futuro.
Esto es exactamente lo que nos dice el Salmo 126. Las lágrimas que se quedan en lágrimas no cambian nada. Las lágrimas que acompañan a la siembra remodelan el mundo.
Por eso este versículo pertenece a Shvat. Shvat es el mes que insiste en que el trabajo más importante tiene lugar antes de que aparezcan los resultados. Los árboles empiezan a renovarse mientras el paisaje aún parece desnudo. Nada en la superficie sugiere progreso, pero el proceso ya está en marcha.
La Biblia aplica esa misma lógica a la acción humana. La redención no comienza cuando mejoran las circunstancias. Comienza cuando las personas actúan mientras las condiciones siguen siendo difíciles. Llorar no exime a nadie de su responsabilidad. La acompaña.
Las lágrimas de Raquel no se presentan como una liberación emocional. Se presentan como resistencia moral. Llora porque la situación es inaceptable. Y como se niega a detenerse ahí, sus lágrimas son respondidas.
El versículo de los Salmos es inflexible. Si quieres alegría, debes sembrar. Si quieres redención, debes actuar. Las lágrimas son reales, pero no son el objetivo.
Shvat lo enseña en voz baja pero con firmeza. El crecimiento comienza bajo tierra. El cambio comienza antes de que nadie pueda señalar la evidencia. La fe no es optimismo. Es actuar cuando el resultado no está garantizado.
«Los que siembran con lágrimas recogerán con alegría» no es una tranquilización. Es una llamada a la acción. Llora, pero no te sientes. Siente el dolor, pero no dejes de sembrar.
El futuro depende de lo que hagas mientras el suelo aún parece vacío.