Cuando Jacob huyó de la furia de su hermano y se acostó a dormir en el desierto, experimentó una de las visiones más famosas de toda la Escritura:
Durante siglos, los lectores han imaginado esta escena como ángeles viajando entre el cielo y la tierra por alguna escalera cósmica. Pero el rabino Pinchas Polonsky ofrece una interpretación asombrosa que transforma nuestra comprensión tanto de la visión como de nuestro propósito en este mundo.
La clave está en una pequeña palabra hebrea que aparece dos veces en el versículo: vehinneh, «y he aquí». Gramaticalmente, es innecesaria. Interrumpe el flujo. Y en la Torá, tales interrupciones siempre señalan un significado más profundo.
Según el rabino Polonsky, la escalera no está simplemente cerca de Jacob, sino que es Jacob. La palabra crítica es la hebrea
Esto lo transforma todo. La visión no trata de una arquitectura cósmica lejana. Se trata de la propia alma de Jacob, de su propio viaje espiritual y, por extensión, del nuestro.
Pero aquí es donde la perspicacia del rabino Polonsky se vuelve verdaderamente radical: fíjate en el orden. Los ángeles ascienden primero y luego descienden. No son seres celestiales que hacen su ronda. Son ángeles que comienzan en la tierra, en el corazón humano. Ascienden hacia el cielo, y aunque puedan tener la tentación de permanecer en esos reinos espirituales exaltados, su verdadera misión les exige regresar.
Deben devolver a la tierra lo que han adquirido.
Esto invierte nuestra comprensión habitual de la espiritualidad. A menudo imaginamos que el objetivo de la vida religiosa es ascender: elevarnos por encima de este mundo, proteger nuestras almas de la contaminación terrenal, disolvernos en la luz divina. El rabino Polonsky insiste en lo contrario. Una persona que se eleva a mundos metafísicos no debe simplemente «disolverse en Dios», escribe. La tarea humana no es escapar de este mundo, sino transformarlo. Ascendemos para descender. Alcanzamos el cielo para traer el cielo a la tierra.
Sólo volviendo con la luz espiritual puede el alma lograr el avance que necesita para comunicarse verdaderamente con Dios.
Jacob recibe esta visión como un sueño mientras huye de su patria, durmiendo sobre piedras en el desierto. Sin embargo, incluso en el exilio, incluso dormido, el mensaje es claro: la escalera está asentada en el suelo, su base firmemente plantada en este mundo. Ahí es donde comienza el trabajo y adonde debe regresar.
Toda persona que aspira a algo más elevado -ya sea mediante la oración, el estudio, la meditación o el esfuerzo moral- se enfrenta a la misma tentación a la que se enfrentaron aquellos ángeles en lo alto de la escalera: quedarse allí, permanecer en la pureza de las alturas espirituales, a salvo del desorden de la vida cotidiana. Pero ése nunca fue el objetivo. El ascenso es sólo la mitad del viaje. Lo que importa es lo que traes de vuelta abajo: la compasión, la sabiduría, la luz divina que luego derramas en tus relaciones, tu trabajo, tu comunidad, tu mundo roto.
La escalera de Jacob no está ahí fuera, en algún lugar del pasado remoto. Según la lectura del rabino Polonsky, Jacob es la escalera, la conexión entre el cielo y la tierra. Y nosotros también lo somos. Cada uno de nosotros lleva dentro de sí esa misma arquitectura sagrada, esa misma capacidad de llegar hacia arriba y hacer descender la santidad. Los ángeles siguen subiendo, siguen bajando, siguen llevando la luz de las alturas a las profundidades de la vida ordinaria, donde más se necesita.
Para saber más sobre las ideas del rabino Pinchas Polonsky sobre la Biblia, pide La Torá Universal: Crecimiento y lucha en los cinco libros de Moisés – Génesis, 2ª parte, ¡hoy mismo!