Faraón y Mamdani: Cuando el colectivismo borra la identidad

enero 5, 2026

Uno de mis momentos favoritos del año tiene lugar entre la semana pasada y ésta, concretamente la semana pasada, cuando leímos la porción con la que concluía el Libro del Génesis, y esta semana, cuando empezamos el Libro de los Nombres. La yuxtaposición entre el moderno paso del tiempo en nuestras vidas del siglo XXI y el antiquísimo paso del tiempo en la Torá crea algo surrealista, como pasar del Primer Acto al Segundo Acto de un épico espectáculo de Broadway.

En todo el Génesis, tenemos nombres e identidades para cada una de las personas que llegan a existir. Nombrar es literalmente una de las primeras cosas que se ordena hacer a Adán: dar nombre a cada criatura. El tema del Primer Acto, el Libro de Bereshit, se centra en los altibajos de la vida familiar. Conocemos a cada uno de los protagonistas y sus historias con todo detalle. El libro termina con la bendición personal de todos, incluidos Simeón y Leví, que reciben una profecía que se remonta a un error que cometieron veinte años antes. Se trata de una narración íntima y particular.

Luego volvemos del intermedio a Shemot, y todo el tono cambia. Se nos recuerdan los nombres de personas que ya conocemos, pero los nuevos personajes son en gran parte anónimos. El acontecimiento más significativo del capítulo dos, el nacimiento del futuro Moisés, se describe con un anonimato asombroso: «un hombre de la casa de Leví tomó a una hija de Leví». Sin nombres.

Sólo marcadores tribales. Las únicas personas que reciben nombres son Shifra y Puah, y según los comentaristas, ni siquiera sabemos si ésos son sus verdaderos nombres. Hace falta un capítulo y medio entero para encontrar un nuevo nombre auténtico.

Si estás leyendo el texto bíblico por primera vez, este borrado es chocante. ¿Qué ha pasado con la narración detallada y rica en nombres que acabamos de dejar atrás?

El cambio revela algo profundo sobre lo que ocurre cuando la individualidad es aplastada por lo colectivo. En un nivel, estamos pasando de las historias individuales a la nación, y lo que construye el tejido de una nación son precisamente las historias individuales que la componen. Ser individual dentro de una estructura se convierte en el fundamento de lo que seremos como pueblo: el fundamento de la propia democracia. Pero la narración bíblica también nos muestra lo que la opresión hace a la historia de un pueblo. El faraón no ve a los hebreos individualmente; ve al «pueblo de los hijos de Israel» como una amenaza indiferenciada. Se trata de un pensamiento colectivista desde la perspectiva del opresor y, trágicamente, la propia narración bíblica empieza a reflejar este borrado, mostrándonos lo que la esclavitud hace a la capacidad de un pueblo para contar su propia historia.

Quizá Shifra y Puah conservaron sus nombres precisamente porque temían más a Dios que al faraón. Afirmaron su agencia moral como individuos frente a la presión colectiva y, al hacerlo, mantuvieron intacta su individualidad.

Esta dinámica se hace eco de un momento anterior del Génesis: la Torre de Babel. El rabino Jonathan Sacks señaló que cuando «toda la tierra tenía una sola lengua y un solo lenguaje», suena hermoso hasta que te das cuenta de que significa que a nadie se le permitía ser diferente. La unidad que aplasta la diversidad no es una virtud; es opresión. La Torá ya nos ha mostrado que ambos extremos fracasan: demasiado individualismo conduce al caos y la violencia de la generación del Diluvio, mientras que el colectivismo conduce a la tiranía de Babel. Tras estos dos fracasos catastróficos, Abraham fue llamado a crear algo totalmente nuevo: un orden social que honrara tanto la individualidad como la comunidad, donde la unidad no procediera de la uniformidad, sino de la alianza.

Esta crítica bíblica del colectivismo tiene una urgente resonancia contemporánea. En su reciente discurso de investidura, el recién elegido alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, declaró: «Sustituiremos la frigidez del individualismo rudo por la calidez del colectivismo». Pero la Torá nos muestra que el colectivismo no es cálido. Es el borrado de tu nombre, de tu historia, de tu agencia moral. Es ser reducido a «un hombre de la casa de Leví» en lugar de una persona con un matrimonio, un hijo, un destino. Las calles del Egipto del faraón no estaban caldeadas por la solidaridad colectivista. Estaban llenas de esclavos anónimos que construían monumentos a la tiranía.

El resto del Éxodo se convierte en la historia de la recuperación de la individualidad. Moisés recupera su nombre. Dios revela Su Nombre en la zarza ardiente. En el Sinaí, cada persona dice «haré y escucharé», expresando aceptación individual, no compulsión colectiva. El modelo bíblico de pueblo es radicalmente distinto tanto de la tiranía antigua como del colectivismo moderno. Es una nación construida a partir de individuos en alianza, donde cada persona tiene un nombre, una historia y una dignidad irreductible.

Cuando perdemos nuestros nombres, ya sea por la esclavitud del faraón o por las promesas de calidez colectivista, perdemos nuestra capacidad de contar nuestra propia historia. Cuando recuperamos nuestros nombres y nos presentamos como individuos ante Dios, nos volvemos capaces de una verdadera comunidad. La transición de la Torá del Génesis al Éxodo no es sólo historia antigua. Es a la vez una advertencia y una hoja de ruta.

Sara Lamm

Sara Lamm is a content editor for TheIsraelBible.com and Israel365 Publications. Originally from Virginia, she moved to Israel with her husband and children in 2021. Sara has a Masters Degree in Education from Bankstreet college and taught preschool for almost a decade before making Aliyah to Israel. Sara is passionate about connecting Bible study with “real life’ and is currently working on a children’s Bible series.

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